Para que la memoria no se olvide

Stanley Kubrick, un director con los ojos bien cerrados

Escrito por: 
Sergio Espitaletta
Fecha del envío: 
Sáb, 13/02/2016 - 3:36pm

"Kubrick apareció como el gran perfeccionista de la filmación, en la que aparentemente nada ocurre por casualidad. Su trabajo intelectual tiende a la trasgresión, la contravención y la crítica mordaz e inteligente. Sabe de antemano que el miedo es el mayor factor de dominación y explora sus técnicas y tratamientos."

El resplandor

Durante la Segunda Guerra Mundial, el cine americano solo tuvo dos grandes creadores, John Ford y Orson Welles. Y aunque el mundo de Hollywood continuó produciendo durante la guerra y la postguerra, no volvería con su esplendor hasta que surge en los años cincuenta un director de talla, talento y disciplina artística como Stanley Kubrick. Un neoyorquino de origen judío que desde muy joven había aprendido, no solo a través de su cámara fotográfica, sino desde las luces del arte y de la academia. Apareció como un joven de suerte que no se deslumbraba por las incipientes mieles de la gloria y el éxito y que sabía distinguir entre trabajo, arte, creación y crítica. Estaba dotado de la sabiduría de la espera y no era proclive a los halagos ni a la propaganda a pesar de que sabía cultivar relaciones y allegar, casi con mirada de periodista e historiador, fuentes y recursos para sus tareas de director. Mantuvo distancias para no dejarse corroer por los poderosos y se forjó como un ser de carácter, dominador sutil, dotado de buen sentido del humor e independiente.

Kubrick, seguramente sabía que antes del cine la humanidad tenía los ojos bien cerrados. Que de los Hermanos Lumiere a Melies, se estableció el resplandor comunicativo entre la realidad y la ficción. Que el cine era como el arcoíris que apareció en el ocaso lumínico del Siglo XIX, para entrar en la noche de los mecánicos y controlados tiempos modernos del Siglo XX. De paso, pudo suponer que el cine eliminó la vieja sentencia de que sólo se puede creer en lo que se ve; y que a su manera, los creadores del Séptimo Arte, hacen creer en lo invisible a través de lo visible, y por supuesto, intuyó que el cine trasciende el campo visual y las sonoridades, para insertarse en los oscuros mundos de la conciencia y la inconciencia de los espectadores. Sabía que el cine es un lenguaje particular que atiende a las dinámicas y rítmicas imágenes para tratar de crear formas inmóviles. Concluiría quizás, que en eso estaría lo maravilloso y lo peligroso del cine. Y que de la misma forma que las luces buscan las sombras, los movimientos del cine buscan el reposo en la memoria del espectador. Pero que esa memoria podía ser intervenida para el olvido y la ciega obediencia o para ponerla al servicio de los que se creían dueños de la vida, la verdad y el placer. Además, pudo pensar, como buen jugador, que nada escapa a lo posible o al azar y que lo peor del control es que siempre hay algo incontrolable e inexplicable que hace temer por la caída y el fracaso.

Kubrick apareció como el gran perfeccionista de la filmación, en la que aparentemente nada ocurre por casualidad. Su trabajo intelectual tiende a la trasgresión, la contravención y la crítica mordaz e inteligente. Sabe de antemano que el miedo es el mayor factor de dominación y explora sus técnicas y tratamientos. No es capricho que sus trabajos desde el inicio con Fear and desire (1953), Phats of glory (1957), El asesinato (1956), Espartaco (1960), que tiene su impronta a pesar de no haberla iniciado como director, Doctor Strangelove (1964) y otras, tuvieran que ver con las formas atemorizantes de las sociedades. Pareciera igualmente que en él hubiera una marcada inclinación al militarismo, la guerra y sus efectos, pero sus presupuestos cinematográficos hay que buscarlos más allá de los campos de batalla y de las aparentes jugadas de ajedrez que marcan sus pulsaciones artísticas.

Es cierto que este director era un estudioso y admirador de esos arquetipos de poder y de autoridad, como se dijera de los nacidos bajo el signo de Leo. Que quiso hacer una película sobre Napoleón y su fracaso en Waterloo, y que se lo negó la quiebra de la Metro Goldwyn Mayer y que tal vez por eso, emprendió más adelante la creación del Filme Barry Lyndon (1975) para mostrar los escenarios de La guerra de los siete años, previa a la Revolución Francesa y al imperio napoleónico. Pero Aun así, no se puede afirmar que sus grandes preocupaciones fueran los escenarios bélicos, los uniformes o las pequeñas y grandes cofradías de los conquistadores armados. Su inclinación estuvo del lado de los vencidos, de los perdedores, de los ofendidos y humillados y de los dostoievskianos jugadores. De los que después de todo se saben fracasados pero siguen soñando. ¿Qué son Barry Lyndon, Espartaco, el coronel Dax, Álex Large, Strangelove, Jack Torrance y hasta el mismo computador Hal 9000 y su enemigo Dave de Odisea Espacial (1968)? Todos se pueden llamar vencidos y perdedores. A todos los atraviesa el fatum de lo trágico, y no propiamente por haber jugado su amor al azar.

Stanley Kubrick fue un artista alejado de los ecos americanos del éxito y de las grandes entrevistas. Sus películas están marcadas por simbologías eróticas con riesgos de muerte. Eso crea las altas tensiones que matiza con diversas clases de humor, que lo definen como trágico y comediante dentro del cine. En sus filmes subyace el pesimismo humano, expresado en la soledad, el dolor, el abandono, la vacuidad e inutilidad de los sueños y los apetitos de gloria o poder. Sin embargo, esos presupuestos nihilistas de sus cintas, son alejados por la magnificencia de sus artes y argumentos fotográficos, sonoros y musicales. Su melomanía y sus expresiones pictóricas, como Álex en Naranja Mecánica (1971), cuando escucha a Beethoven, superan para él, la miseria de la degradación, la pérdida y el abandono.

Como a los grandes artistas, a este director lo acompañó un halo de misterio y de rumor de que era un hombre que sabía demasiado y que conocía de los grandes secretos del poder y sus investidos. Pero más allá de las especulaciones que crecieron después de su muerte, era un hombre que satirizaba y más que esconder verdades secretas, promovía las búsquedas a través de sus elaborados filmes. Cada uno de estos trece trabajos fílmicos suyos, parten de gruesas preguntas. ¿Puede el hombre salir del territorio propio de su vida? ¿Pueden los sistemas de intervención y manipulación crear sociedades críticas? O al revés, ¿Se puede vivir bajo el dominio y la imposición para la obediencia? ¿Cómo funcionan los mecanismos-relojes de poder y qué genera esa sistematización cuando se aplica a la guerra? ¿Cómo se pueden atacar los poderes nobiliarios y cómo se defienden esos poderes de las amenazas de debilitamiento? ¿Cuáles son los grandes arquetipos simbólicos sobre los que se definen las sociedades? ¿Cómo se reproducen los miedos y las amenazas?...

Por último, Kubrick atacó a todos los sistemas doctrinarios, sectas y movimientos cuyo común denominador fuera la implantación de la culpa. Esos mismos que Nietzsche señalara que hacían eco a las posturas de debilitar al sujeto porque le restaban las facultades eróticas y vitales. Lo que muestra la filmografía de Stanley es que nunca serán posibles el control total ni la obediencia plena. Siempre se deslizarán desde las sombras, los invisibles microbios de la rebelión, de las dudas, de las preguntas y hasta de los irracionales albures, que desestructuren los absolutos poderes y el íntegro sometimiento. Sabía que el cine pide abrir los ojos, pero que la iluminación llega cuando se tienen bien cerrados.  

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