Para que la memoria no se olvide

Tarkovski, un director de vuelo para viajar a la memoria infantil

Escrito por: 
Sergio Espitaleta
Fecha del envío: 
Mar, 11/07/2017 - 11:42am

Los que lo ven, lo leen o lo estudian, lo hacen con el interés de penetrar en sus esquemas simbólicos, en sus formas expresivas y en sus formaciones arqueológicas para extraer segmentos, fragmentos, pedazos de vida, de verdad o de realidad que se han hecho golpes, violencia, destrucción e injusticias.

Andrei Tarkoski

Los que lo ven, lo leen o lo estudian, lo hacen con el interés de penetrar en sus esquemas simbólicos, en sus formas expresivas y en sus formaciones arqueológicas para extraer segmentos, fragmentos, pedazos de vida, de verdad o de realidad que se han hecho golpes, violencia, destrucción e injusticias. También amor, ensoñación, ternura y belleza. En sus productos fílmicos se pueden volver a ver y a pensar, tamizados por su genio poético y creador, los restos absurdos del progreso humano. En su cine, por encima de las devastaciones humanas, a pesar de ellas y de sus ruinas, la naturaleza viva prevalece. Bajo el caos de la vanidad y de las elevaciones ególatras, la vegetación, el agua, el aire y la tierra sobreviven bajo ese mismo sol y sus distintos brillos. En las películas de Tarkovski, la naturaleza aparece con sus propios ritmos lentos, aunque musicales y sonoros; con los imperativos del tiempo elástico, de fondos alargados y profundidades extensas y extremas.  

En Tarkovski no predomina el fatalismo. Ni la pesadez por la desgracia humana, tan alejada de la vida. Sus obras llevan la impronta emotiva y racional del arte, que siembra en el espectador paciente, interesado y culto la semilla estimuladora de una nueva gestación y de un renacimiento, bajo las condiciones de una infancia de amparos, de asombros y de atenciones para el abrazo y la comunión con la vidaEn sus creaciones la vida, la niñez, el agua, el aire y la luz están en el principio y en el final, a la manera de un retorno de mayor profundidad, intensidad y atención. Y si de pronto, al fin de cada filme, aparecen las huellas o ruinas de lo que fue, no es por exaltación de la muerte, la guerra o el aniquilamiento. Es por la memoria de una intencionalidad de vivir. De una voluntad de vida que debe seguir, a pesar de la ignominia.    

El arte cinematográfico de Andrei Tarkovski (Moscú, 1932 - París, 1986), está ligado a sus técnicas y a sus particulares manejos de luces, sombras planos y escenarios. Sus operarios de fotografía y cámara, aunque distintos en varios de sus filmes, han atendido a sus orientaciones y han puesto su inteligencia al servicio de una filosofía del cine y por qué no, de una poética de las imágenes. Con esos elementos, unidos a una simbología, y a unos conceptos aprehendidos por ellos de la visión tarkovskiana, sus filmes –Pocos por cierto- son una muestra monumental de lo que significa la unión del arte con las técnicas, al servicio de la expresión y de la comprensión. 

Este director ruso, es fiel a la esencia del cine como arte visual de imágenes en movimiento. Habla y se expresa con las imágenes, vueltas arte para el goce, el entendimiento y la admiraciónConcibió y practicó en sus películas la valoración de que lo que hay detrás de cada película, más allá de los sonidos, las palabras y las musicalidades, son las imágenes visuales, pictóricas y fotográficas, que se proponen en juegos de luces y oscuridades para generar una forma expresiva de vuelo significativo. Que el poder del cine está en sus demarcaciones visuales, luminosas, a partir de los usos de la cámara y de sus recursos ópticos, manejados con criterios artísticos. Que los acercamientos, alejamientos y movimientos de cámara, igual que la duración de los planos, sus cortes y los ritmos, constituyen ese arsenal necesario para inyectar emociones, sentimientos y expresiones imaginativas, con sugestivos y sugerentes impulsos para hacer aparecer ideas y allegar comprensiones. En este director y en sus obras, las luces se vuelven códigos, letras, símbolos y lenguajes para permitirse pensar visualmente, como en todo cineasta por supuesto, sólo que en él, el tratamiento de sombras, luces, planos largos y profundos, casi sin cortes y con los ritmos que permite ese juego, se crean las atmósferas vitales y significativas del tiempo, del sueño reparador, que pone a los espectadores en diferentes planos oníricos de observación, tensión y expectación distintos a los de otros creadores, con el ánimo seguramente, de meterlos en una suerte de útero, o de brazos maternales cuyos efectos protectores, reparadores o balsámicos, permiten una atención sin dolor, sin brusquedades emocionales, que los hacen volar poéticamente, para ver el mundo en perspectiva visual desde lo alto,  como aves planeadoras, sin  aleteos y sin asaltos. 

Tanto los personajes como los observadores de las películas de Tarkovski levitan, aunque no por las mismas causas. Los efectos del miedo, de las amenazas, de los riesgos de muerte, guerra o enfermedad hacen entrar a sus protagonistas en aislamiento o en profundas y afrentosas soledades que sobrellevan en el silencio, en la oración o en extensos monólogos, cuyas palabras se amplían, se tornan lentas a veces o se levantan a la altura del grito, la imprecación o el desespero. Y en esas intranquilidades verbales las almas se agitan o se depuran en oleajes largos que van desde el grito silente, casi de ahogo, hasta la suspensión en la nada de la ataraxia y la calma. Los efectos visuales, sonoros y paisajísticos del cine de este autor, sumergen al desnudo observador en una nada flotante y tranquila, cuya expresión es el amor y su amiga, la belleza. Surge de esa nada suspendida una imperturbabilidad ética por los efectos estéticos. Una nada poética, musical y contemplativa que trasciende el movimiento, el tiempo y los espacios. No es una nada mortal. Es la nada vital que revive, que impacta al observador que aún conserva, en miniatura y en baja escala, pedacitos de justicia, de fragmentación amorosa o de cargas de benevolencia que puedan revertir los fuegos, los infiernos y los dolores en paraísos. Paraísos artísticos que sublimen y hagan sentir lo vital natural en unidad con el alma natural del hombre. He ahí el ingrediente reparador que tienen las siete películas de Tarkovski. Su efecto artístico tiene el tamaño de los tiempos alargados y magnificados de la infancia. De una infancia feliz y duradera, que guarda la memoria grata de Rusia, de sus padres y de los primeros encuentros consigo mismo.

 

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