Para que la memoria no se olvide

Zazie en el metro (o de cómo una niña envejece en París)

Escrito por: 
Reinaldo Spitaletta
Fecha del envío: 
Sáb, 27/02/2016 - 10:52am

Zazie en el metro, un filme de Louis Malle, estrenado en 1960, es una adaptación cinematográfica del libro del mismo nombre del estilista Raymond Queneau, un extraordinario experimentador del lenguaje que, a su vez, en la novela satiriza la civilización, el esnobismo parisino y llega hasta cuadros surrealistas que adoba con palabras callejeras y de los bajos fondos.

Zazie en el Metro

El espectador, mediante los efectos de un travelling, se acerca a París, montado en un tren. Los rieles corren; la vista, también. Y de pronto, aparece otro tren en dirección contraria, para reafirmar que se trata de una activa ferrovía y que es probable una insinuación: el que llega también se puede devolver. Y tras el acercamiento visual, surge una estación, una plataforma con gente que espera y que, por lo demás, huele mal, porque en París, según dicen  los periódicos que cita un personaje alto, que sobresale entre los que están expectantes, la mayoría no se baña, porque apenas el once por ciento de los pisos tiene “cuarto de baño”.

Aunque, claro, entre tanta peste, el hombre alto dice que hay maneras diversas de lavarse, pero los que hay allí son guarros, gente desaseada, cochinos. Hay aglomeración, la misma que aprovecha un carterista enano para esculcar al tipo que ha sacado un pañuelo para taparse la nariz. Una mujer interroga de dónde brota esa porquería, y el hombre bien trajeado contesta que se trata de un perfume de la casa Fior.

Zazie en el metro, un filme de Louis Malle, estrenado en 1960, es una adaptación cinematográfica del libro del mismo nombre del estilista Raymond Queneau, un extraordinario experimentador del lenguaje que, a su vez, en la novela satiriza la civilización, el esnobismo parisino y llega hasta cuadros surrealistas que adoba con palabras callejeras y de los bajos fondos. El tío Gabriel, que de él se trata, sigue a la espera en la estación y ya ha visto a su hermana que corre, como enloquecida, por la plataforma atiborrada de gente y él abre los brazos, con la esperanza de que ella se abrace a su corpulencia y elevada estatura, pero la mujer pasa de largo hasta aterrizar en los brazos de un sujeto que la aguarda, la carga, la jonjolea y le da vueltas como si fuera un frágil maniquí o una muñeca sexual.

Y mientras la hermana y su amante parisiense están en la saludadera, de abajo se escucha una vocecita infantil que dice que el hombre debe ser el tío Gabriel, y la que se convertirá en todo el filme en una auténtica plaga (también en un ser perseguido), una chiquilla muy despierta y mal hablada, aparece con su carita de “yo-no-fui”, ojos de picardía, dientes separados, motilado redondo a la capul y con unas ganas desbordantes de montar en el metro de París, sin saber todavía que el día de su llegada hay una huelga.

Zazie en el metro (y la muchachita, en rigor, no logra viajar en ese medio de transporte) es una película frenética, con movimientos rápidos de cámara, con chistes visuales y una mezcla de surrealismo patético y de burlas a los modos de organización y vida de una metrópoli loca.

Zazie, que ante todo quiere ir a casa de su tío en el metro, y que ya sabe que su mamá se ha quedado con su amante en la ciudad, y que por eso la mandó a hospedarse donde el hombre que por lo demás es un bailarín de cabaret (“bailaora española”), hace pataletas, ofende a un taxista amigo de Gabriel y sale corriendo en busca de una de las entradas al subte, y se topa con las puertas cerradas y los avisitos de “huelga”.

La llamada Nueva Ola francesa (Nouvelle vague), un movimiento estético cinematográfico que surge a fines de los cincuenta, auspiciado por la revista Cahiers du Cinéma, se erige como una reacción a lo que sus promotores denominaron “viejas estructuras” del cine de ese país, y que tuvo entre sus mentores y directores, entre otros, a François Truffaut, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Jacques Rivette y Alain Resnais. Y en ese combo estelar aparecerá Malle, que años más tarde brillará, por ejemplo, con filmes como Adiós, muchachos (también titulada Adiós a los niños), Lacombe Lucien (con guion compartido con el escritor Patrick Modiano) y una adaptación de un drama de Chejov, Vania en la calle 42.

Zazie en el metro es una comedia que apela al absurdo y al disparate, y que expone la ciudad para que sea una niña la que la observe y recorra con todas sus posibilidades imaginativas y picardías de pelada inquieta, en la que, a su vez, se va a sentir desolada en un mundo hostil de adultos. Entre los cuestionamientos del filme están asuntos conectados con la pedofilia y con juegos de palabras que sugieren, por ejemplo, un aparente homosexualismo del tío Gabriel, “el mejor bailarín de París”.

Zazie se filmó como una película provocadora, una crítica a la sociedad parisina y una muestra picante de vanguardismo. Sin embargo, para los ojos del siglo XXI estos que pudieron ser atributos en su tiempo se diluyen, tal vez porque tuvieron más intenciones de ir en contra del cine convencional de entonces que de una exposición de ideas y cuestionamientos ideológicos. Por eso, quizá, algunos han dicho que es un filme que no ha envejecido bien; es decir, que muchos de sus discursos e imágenes no resistieron el paso del tiempo.

La obra puede pecar de atiborramiento de sucesos, de exceso de chistes “gráficos” (gags) que, a lo mejor, pudieron ser una virtud del cine mudo. Pero que chillan en el sonoro. Como sea, tiene momentos simpáticos que, además de risas, pueden producir reflexiones en torno a la infancia, el matrimonio, el adulterio, la viudez y la labor de la policía. El final, en cualquier caso, es una muestra de hondura y un indicio doloroso de que la infancia puede terminarse en poco tiempo. Zazie, la niña que quería montar en el metro de París, cuando está de regreso a su casa acompañada de su madre (que ya se había refocilado con su amante), puede que le pase lo que a un personaje de un cuento de Kafka: se le dibujará alguna arruga en la frente infantil. Presagio de que la niñez se está esfumando.

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